Olvidar ausencias

Cincuenta años atrás conocí una mujer que medía un poco más de un metro y todos los días al salir de camino al trabajo la veía en la estación del tren, siempre arreglada y sus mejillas rojas como la cereza, la boca perfectamente delineada; pero la mirada, esa siempre triste, siempre perdida, siempre desolada, siempre extrañando; quien sabe cómo pudo llegar a sufrir tanto, o a lo mejor ni siquiera sufría por estar pensando en todo aquello que le hacía falta.

Era un ser que despertaba tantos textos, canciones, poemas y vaya saber cuántos misterios más, pero un martes yo perdí el miedo de acercarme a ella, pues había escuchado que esa mujercita podía matar con la mirada y que ya varias decenas de seres humanos habían sido alcanzados por su rabia. 

Me acerqué y le pregunté: ¿Puedo sentarme junto a usted?
Y ella respondió: Pues si no te da miedo, querido, he notado que llevás más de treinta minutos viéndome y no es la primera vez que estás acá, ¿qué querés saber?

Me congelé porque creí que después de esa pregunta vendría una hilera de insultos y estaba dispuesto a correr por mi vida, a escapar de la furia de esa diminuta criatura. Entonces en medio del silencio incomodo, ella levantó su mirada y vi sus ojos de almendra; pude reconocer en ese mismo instante la huella de una dictadura que la dejó insípida y predispuesta al odio.

Dos minutos habían transcurrido y parecían 100 años, me armé de valor y con voz temerosa le dije: Es que yo quería conocer su historia porque he escuchado infinidad de leyendas o suposiciones, pero no creo que exista mejor manera de entender su misterio que usted misma me cuente; claro, si no le produce desconfianza ni molestia.

En ese momento pasó algo aterrador, y cuando digo aterrador es porque nada en el mundo se puede comparar a lo siguiente, el pequeño ser humano sonrió de oreja a oreja, los ojos le brillaron y el rubor de sus mejillas se volvió mucho más natural; después de verla transformarse de una manera repentina, susupiró y dijo:

"Tengo años de sentarme acá por las tardes, y nunca nadie se había atrevido a preguntarme el porqué de mi silencio; creo que si te tratara de contar todo no me alcanzarían los meses del calendario ni a vos te alcanzaría la paciencia para escucharme. Te contaré un secreto que no es secreto, veo que tenés tiempo y no sos miedoso. 


Atravesé una dictadura o al menos algo que se le asemeja; era una mañana de febrero cuando conocí a un tipo en esta estación de trenes, ese día salí apresurada de casa y olvidé mi reloj, se sentó junto a mí y noté su gran reloj de plata, yo sabía que era tarde pero necesitaba una confirmación, entonces le pregunté la hora y respondió con voz temblorosa: "las 8:10 señorita" 

Creo que lo mejor habría sido quedarme con la maldita duda de la hora, porque esperábamos el mismo tren, nos sentamos juntos y resulta que era amante de la lectura y la música clásica; nunca me había sucedido pero me enamoré en tiempo récord y en un abrir y cerrar de ojos habían pasado dos años desde aquel día, dos años de museos, de cine, de tardes de lectura juntos y de discusiones sobre política y  cuestiones religiosas. Dos años de tantas historias y al fin llegó el evento del siglo, nos casamos en un jardín con 20 invitados a penas porque ambos eramos un poco aislados y con la decisión de irnos lejos después de la boda. 

Recorrimos el mundo o casi todo, viajamos en barco, nos tiramos de un paracaídas, estuvimos en Iguazú y después de cinco años decidimos que era momento de establecernos en un sitio, escogimos un pueblo en donde nadie nos conocía y comenzamos a llevar una vida "normal", cada vez que regresábamos del trabajo preparábamos juntos la cena y bebíamos una copa de vino hablando de cómo había sido el día del otro. Pero bien me dijo mi prima un día: "Si lo encerrás en una casa se va a ir." 

Y se fue, nada más teníamos dos años de vivir en aquel sitio pero desapareció un domingo por la tarde, regresé de comprar un libro y no estaba más, sólo se dignó a dejar una nota en el escritorio, que decía: "Perdón, te amo" 

Me sentí apuñalada por 100 tipos con furia, quise hablar pero no pude articular ni una sola palabra, lo único que pude hacer fue tirarme a la cama a llorar y a hacer berrinche por su abandono; creo que así transcurrieron dos semanas y un día decidí levantarme, empacar mis cosas y dejar las suyas en ese lugar, creí en algún momento que moriría del dolor pero nada era más importante que poder escribir mi libro (porque de algo tenía que vivir), me descubrí olvidando su ausencia en el momento que fui a cenar y bebí una copa de vino, cuando viajé sola y conocí muchas personas, cuando escuché nuestra canción de bodas en el supermercado y me puse a bailar, cuando de nuevo fui a ver nuestra obra favorita y no pensé en que no estaba, cuando por fin regresé a esta estación de trenes y el miedo de verlo de la mano con alguien más ya no de agobiaba. 

Escribí dos libros en estos años, compré muchas cosas que no necesitaba, salí con mis amigas y me emborraché un par de veces; pero al principio te dije que viví una dictadura, porque extrañé con cada parte de mi ser la opresión, la incapacidad de viajar sola. Lo que me estaba matando no era su ausencia, si no mi miedo, y podemos ser tan tontos como para extrañar la jaula donde nos encadenaron. 

Al final cada quién debe decidir dónde quiere estar, y él decidió; ahora, yo también decidí y por eso es que vengo todas las tardes a sentarme en esta misma banca, para recordar y hacer un análisis de mi día porque no me espera nadie en casa (por el momento) y porque descubrí que olvidar una ausencia es la mejor manera de ser libre."

Después de esta conversación descubrí que esa mujer a la que todos le temían era capaz de estremecerme sin conocerla a profundidad; caminamos fuera de la estación y nos fuimos al café que estaba en la esquina, fueron horas que parecieron segundos; y ahora, escribo esto esperándola para ir a casa, como desde hace cincuenta años; no la traté de enjaular nunca, cada quien viajaba por su trabajo y yo sabía que al regresar podría contarle a mi cómplice todos los detalles y que sus ojos reflejarían la sorpresa, el amor o el enojo que me llevaron a quedarme cada noche a su lado. 


Tenía razón esa pequeña fiera, porque cada quien extraña una dictadura en su vida, cada quien decide cuando ser libre del dolor y la amargura; no importa cuando leás esto, sólo debés decidir soltar, debés irte, debés aprender a olvidar ausencias. 

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