Ya no lloro

Eras de otro planeta, estaba segura de eso; no había pasado ni un segundo cuando te regalé la primera sonrisa (y eso no era normal en mí); solía ser, en una vida anterior, alguien que hacía daño, que jugaba, que tenía alas sólo para abandonar lo que comenzaba a asustarme. Me asustaste, conquistaste mis emociones, eras dueño de las sonrisas, de los enojos y de los suspiros; definitivamente eras de otro planeta, porque en ningún momento tuve la intención de abandonarte, me quedé ahí algunos días, viendo tus ojos, aprendiendo a ser frágil, teniendo miedo, soñando; y sobre todo, existiendo a tu lado.
Pasaron los inviernos y los veranos (perdí la cuenta de cuántos fueron) y creo que nada de lo que pasaba era normal para mí; había involucrado de todo un poco, había hecho una costumbre dejarte conocer mi lado débil, habías estado ahí en la claridad y en lo oscuro. Me seguías asustando porque te ganabas los "nunca" que había escrito en piedra; te ganabas hasta lo que yo no conocía de mí.
Habían pasado como mil años (sin exagerar)  porque era una vida entera, era demasiado para ser menos que una vida, y habíamos compartido esa vida, vos eras yo, y yo era vos; me confundía la armonía, me asustabas cada vez más, porque yo no era esto, no lo había sido nunca, pero me encantaba serlo.
 Un día, nos caímos en un abismo; yo caí y no lograba encontrar tu mirada, vos estabas unos kilometros al sur, caminé herida, con mucho dolor, llena de miedo porque no conocía ese lugar, nunca habíamos estado allí. Te intenté recoger porque estabas casi inconsciente, pero mis heridas eran profundas y no logré ayudarte, nos quedamos los dos tirados en la oscuridad, con diferentes miedos, pero viendonos a los ojos; quería levantarme, ir a buscar ayuda, para que vos pudieras levantarte y que siguieramos el rumbo. Las heridas comenzaron a infectarse, me decidí por levantarme, porque necesitabamos ayuda; me alejé un poco, y vi enojo en tus ojos (creías que te estaba abandonando) pero querido, sólo estaba yendo por ayuda.
Regresé a las pocas horas, no había encontrado a nadie que nos ayudara, pero si había un río y te llevé agua, cuando llegué, habías intentado alejarte, te habías herido más en el intento, y me dijiste: "andate, porque mis heridas huelen mal, alejate de mí, ya no podés hacer nada por mis heridas." Me fijé que a unos pocos metros habían unas plumas y te pregunté: "¿Vino alguien? ¿Te ayudaron?"; seguro de tu respuesta dijiste que no, que quizás habían caído ahí. Nos levantamos, y te ayudé a caminar, pero me cansé, mis heridas me dolían, no estaba segura si podía seguir, porque descubrí que habías tenido un ave, y se suponía que era tu ave, que volabamos juntos por rumbos desconocidos; me dolió, me doliste, me caí y vos ahí de pie, me dijiste: "levantate que sos fuerte, que eras diferente antes, que no te quiero lastimar más."
Te vi con odio, y creí que te iba a dejar ahí, en medio del abismo perdido y sin curar tus heridas; pero, te vi por diez segundos y entendí que eras el mismo extraterrestre que me había asustado por mucho tiempo, seguías teniendo en tus ojos un brillo cuando me mirabas, y me dolía ser la causa de ese brillo, me dolía querer quedarme a tu lado, porque no me habías dado motivos. Pero sabés, me gustan los retos, y elegí quedarme ahí con vos, elegí enseñarte los colores del cielo, elegí curar mis heridas porque adolorida no te iba a ayudar, no te iba a servir mi dolor. Hoy, 3000 años después (sin exagerar, porque ha sido otra vida) me senté acá a escribirte esta carta, y estás al aldo mío, pero soy muda cuando me ves, me seguís asustando. Han pasado muchas cosas, pero acá esta lloviendo; llueve porque hace muchos años que no lloro, y menos por vos querido. Ya no lloro, porque me regalás sonrisas, porque me regalás la brisa, y me regalás... tus alas.

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