La carta



Llego a la estación de tren y al revisar mi billetera encontré una carta que vos escribiste hace algunos veranos; nostalgia, alegría, enojo, libertad; son algunas de las emociones que se apoderan de mí, pero después de leerla simplemente la rompo y busco el basurero más cercano. No me quiero deshacer de vos (no se pueden botar 20 años) sólo seguir y encontrar respuestas, encontrar las partes que la vida me ha arrebatado de lo que solía ser.
No me voy de viaje para hablar de vos, es que sentí que el corazón se me detuvo en el instante que realicé cuánto tiempo tenía de no disfrutar un rato en el parque, en el teatro, escuchando música, andando en bicicleta, hablando con desconocidos en el metro; nadie me llevó a esto, creo que fue el resultado de los años que me olvidé de soñar y me conformé con pasar el día y tratar de sobrevivir.
Después de romper la carta como un ritual de abandonar el pasado, subo al tren que me llevará al pueblo  más escondido de la ciudad (ese del que he escuchado  que todos se conocen y se reúnen a ver partidos en el único café que hay) si pudiera ponerle nombre a lo que siento, creo que sería éxodo; me voy de mí misma, necesito hacerlo, necesito escapar, respirar, y simplemente, ser.
Veo una pareja de ancianos abordar y me pregunto si se enamoraron siendo jóvenes y han navegado juntos desde entonces, o sí tuvieron que deambular para encontrar sus miradas después de haber tenido roto el corazón y dejar de creer en algo duradero. Él la ayuda a acomodar su equipaje y la sorprende con un beso en la mejilla; ella, ve por la ventana y extiende su mano para sentirlo ahí, a punto de iniciar una nueva aventura juntos.
Creo que nadie se sentará al lado mío, es momento de que el tren inicie el largo trayecto que nos espera (porque siento que somos uno en este momento)  y recibo un mensaje de mi madre: “Sólo quería decirte que estoy orgullosa de vos, de tu valentía, de tus ganas de volar; estaré esperando que volvás y me contés todo, no te preocupés por escribir, sé que estarás bien.”
Puedo escuchar una canción conocida tres asientos atrás, y más que una casualidad, es un momento de iluminación; porque quiero desencontrarme de lo que conozco hasta hoy, quiero dejar de creer en las casualidades y comprender que todos estamos en la vida de alguien para aprender, para crecer, acompañar, abrazar y luego para fluir, para seguir el camino que fue trazado y llegar dónde nunca imaginamos estar.
El lapicero está dejando de pintar y el pulso falla, no sé qué venga después de este segundo, no sé que pase conmigo, tampoco puedo adivinar si al regresar a casa seré la misma loca de siempre; pero este viaje es una oportunidad que quise darme para descubrir que aún en la oscuridad que traen los días de lluvia, las cosas pueden mejorar.
El hecho de creer que la ausencia de alguien te quiebra, sirve sólo para reconocer que aún cuando el tiempo pasa, aún cuando nos vamos poniendo viejos (como decía Milanés) nada pasa porque sí, nada te hiere sin un propósito, nadie te hace falta como vos mismo cuando perdiste el rumbo.
Yo me perdí, pero también pude encontrarme cuando dejé fluir, cuando dejé pasar, cuando dejé ir; creo que estamos por llegar y debo tomar mi equipaje; pero sin duda, voy a escribirte pronto y sabremos que el viaje que emprendimos hace veinte años, no termina, sólo cambia de ruta.
“Sonreí como cuando jugábamos a las escondidas”
Con amor… Vos sabés el nombre.

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