¡Se lo prometiste!

Le dijiste que te morías por verla, ella sonrió al leer eso de ti; no dudó ni un solo segundo en contarle a su mejor amiga lo que había pasado, con la inocente ilusión de que compartiéndolo con alguien te ataría a actuar como un caballero (quizás dudaba en el fondo). Se tardó en responder, porque no quería parecer desesperada; pero, en ese tiempo revisó su armario entero y probó cinco peinados diferentes para verse guapa, si, para ti.
A las tres de la tarde con cincuenta y cinco minutos ( tres horas después de que le escribiste), te respondió aparentemente fría, siguiendo consejos de todas las amigas a las que les había contado de tu aparición misteriosa; a lo mejor su indiferencia te provocó mayor interés en verla, y no tardaste ni diez minutos en proponerle que se encontraran en aquel mismo café, donde un día viéndola a los ojos le dijiste que su risa era tu melodía favorita, ese mismo café en el que robaste de su boca un beso y miles de sonrisas; ella, volvió a tardarse en darte una respuesta, cosa que te llenó de impaciencia y consultaste con tu amigo (ese que ella detestó por tanto tiempo) que te dijo que fueras hombre y no permitieras que una falda te dominara, que te comportaras como todo un Don Juan, porque era una manera infalible de tenerla a tus pies. Tu celular vibró seis veces y era ella, diciendo: "Tengo que ir al trabajo, pero me parece recordar que ese café me queda de paso; espérame a las siete y treinta, yo te llamo al llegar".
¿Qué había pasado con ella? Simple, ya no era la misma adolescente que habías ilusionado en dos semanas con un cuento de hadas. Fuiste a verte en el espejo y descubriste que tu barba tenía un aspecto desordenado y decidiste recortarla un poco, para que quedara como a ella le gustaba; te probaste cuatro camisas distintas y te dejaste su favorita. Luego de colocar perfectamente tu cabello, te pusiste en camino a encontrarla, las ansias te hacían desear que todos los semáforos estuvieran en verde para llegar antes que ella; uno que otro alto te hacían demorar la entrada triunfal.
Luego que treinta minutos de recorrido, entraste al café y saludaste a los meseros y sabiamente elegiste la mesa junto a la fuente, ahí donde el bossanova era un poco más dulce. Esperaste al rededor de veinte minutos y escuchaste una risa que te paralizó, había llegado y al igual que tú, saludó a quienes reconocía; corriste a su encuentro y dijiste un muy gracioso "hola", como si estuvieras viendo un fantasma, te sonrió y se sentó sin abrazarte ni tomarte la mano; es mas, comenzó a recibir llamadas de su trabajo y no paró de atenderlas en los primeros minutos de su encuentro.
Al encontrar una oportunidad, preguntaste por su familia, por su mascota, por su moto (la que cambió por uno de esos escarabajos móviles) y por sus amigas; te respondía a todo con indiferencia y pocas veces se interesaba por saber de ti. Se dieron las nueve de la noche y te advirtió que en sólo cuarenta minutos debía retirarse porque tenía que terminar de hacer maletas para su viaje al sur del continente, que sólo tenía fecha de ida, cuyo destino era la casa de un escritor muy amigo de ella, intelectual, músico y loco; compartió algunas fotos de él, contigo y ni siquiera notó tu palidez. Debía marcharse, tenías que despedirte y decidiste volver a robarle un beso; ella, con su temperamento te dijo: " Si me hubieras robado más besos y menos lagrimas, estaríamos juntos recorriendo el mundo, quizás. Si esa noche no hubieras decidido dejarme plantada, te estaría besando yo a ti en este momento, quizás."
Se marchó, la viste emprender su viaje sin retorno y te diste cuenta de que hacía cinco años, le habías prometido llegar por ella, y no lo hiciste, porque te pareció más importante cualquier otra cosa, circunstancia o persona; le prometiste que la harías sonreír... ¡Se lo prometiste!

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